Betty Moscoviter, ‘Jesús me liberó del odio’

Betty perdió a la mayoría de su familia en el Holocausto y, como consecuencia de ello, estaba llena de odio. A los 27 años conoció a Jesús, quien la libró de todo aquello.

Cómo lo perdí todo

Yo tenía sólo tres años cuando, justo a tiempo, mis padres me entregaron a los miembros de la resistencia, junto con mi hermano y mi hermana. Poco después, mis padres y el resto de mi familia fueron deportados. Por razones de seguridad, mi hermano y yo fuimos separados. Yo fui escondida por una familia en la ciudad de Treebeek (Países Bajos), pero cuando me enfermé de fiebre escarlata, fui trasladada de allí, y acabé viviendo con una familia cristiana. Esta nueva familia decidió no llevarme con ellos a la iglesia por respeto a mis padres judíos, quienes posiblemente fuesen ortodoxos. Ellos pensaron que, al terminar la guerra, mi familia seguiría viva y yo podría continuar siendo educada de acuerdo con mis raíces judías. Sin embargo, en total, 73 miembros de mi familia murieron en el Holocausto, incluida mi madre.

Cómo el odio llenó mi corazón

Después que la guerra acabó, un día, mi padre, mi hermano y mi hermana llamaron a la puerta de nuestra casa. Sin embargo, para ese entonces, ellos ya eran completos desconocidos para mí. Yo consideraba a mis padres adoptivos como mis verdaderos padres. Durante la guerra, mi padre había conocido a una mujer de la resistencia, con quien luego se casó. La segura familia de antes de la guerra, de la cual yo procedía, estaba desecha. Mi “nueva” madre era terrible. Tiempo después, descubrí que, al parecer, estaba involucrada en prácticas ocultas.
Durante mi adolescencia, las cosas se pusieron tan mal que pensé en terminar con mi vida. Al avanzar en edad, el odio fue llenando mi corazón cada vez más. Me obsesionaba tanto, que a veces iba en busca de los traidores de mi familia con un par de tijeras en mi bolso. Estas ideas eran, por supuesto, delirios, pero dominaban tanto mi vida, que me causaron problemas al corazón y al estómago.

¡Necesitas a Dios!

A pesar de que el odio se arraigaba cada vez más profundamente dentro de mí, me casé y tuve hijos. Mi esposo venía de una familia cristiana. Un día, Theo, un amigo suyo, nos visitó. Theo percibió mi dolor y tristeza, y me dijo: “Betty, necesitas a Dios en tu vida.” Me enojé muchísimo y le dije: “¡Si Dios realmente existiera, entonces, al menos podría haber salvado a mi madre! Si hablas una vez más sobre Él, ¡no vengas más!” Theo no dijo nada más, pero lo que yo no sabía era que en su iglesia empezaron a orar por mí activamente. Después de unos meses, Theo volvió a visitarnos y me dijo: “Betty, Dios realmente te ama. ¿Deseas continuar tu vida de esa manera?” Hablamos y, al final de nuestra charla, me dijo: “No tienes nada que perder, ¿por qué no permites que Dios entre en tu vida y compruebas si realmente existe? ¿Puedo orar contigo?” Debido a que Theo era tan puro y amoroso, acepté. Después de su oración, le dije: “Realmente me gustaría saber si Dios realmente me ama. ¡Quiero una señal!”

¡Él existe!

Mi esposo y yo realmente queríamos ir de vacaciones, pero en ese tiempo teníamos poco dinero. Constantemente, la idea de Dios venía a mi mente. “Lo voy a desafiar”, pensé, y (de una manera bastante hostil) oré lo siguiente: “Señor, si realmente existes, por favor encárgate de que podamos ir de vacaciones. Necesito 300 florines.” Tan sólo mencioné una cantidad, pensando que “de todos modos, nada sucederá.” A la mañana siguiente, mi marido recibió el correo y me entregó un sobre en el que estaba escrito “Betty”, con hermosas letras ornamentales. Pensé que sería una invitación para una fiesta o algo así, pero cuando abrí el sobre, me quedé perpleja… ¡300 florines! Caí de rodillas y grité: “¡Él existe, Él existe!”

En el tiempo que siguió, mucho dolor y duelo salieron a la superficie. Hablé mucho con Dios, y luché con preguntas como: “¿Por qué le hiciste esto a mi familia?”. No obtuve ninguna respuesta concreta, pero me di cuenta de que tenía un Padre al que podía ir con todo mi dolor y tristezas. Aprendí a “poner todas mis preocupaciones sobre Él”. Palabras que descubrí solo más tarde en mi Biblia, en 1ª de Pedro 5:7. Confiar en Dios me dio un poco de descanso, pero el odio todavía estaba allí.

¡Necesitas a Jesús!

“Dios existe”, le dije a Theo cuando nos visitó nuevamente. Él me respondió: “Pero eso no es todo. Dios envió a su Hijo, el Señor Jesús, a esta tierra”. Choqueada, le dije: “¡Ah! ¡Los judíos no creemos en Jesús!” Yo asociaba a Jesús con la Alemania Nazi, con las personas que mataron a mi familia.
“Pero Betty”, me dijo Theo, “Jesús también es Judío. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Si quieres experimentar verdadera libertad en tu vida, entonces debes recibirlo a Él en tu vida.” Creí lo que me dijo; después de todo, él ya había tenido razón anteriormente. Oramos juntos y le preguntamos al Señor Jesús si quería venir a vivir en mi corazón y guiarme en todas las cosas. Yo tenía entonces sólo 27 años, pero esta oración cambió mi vida por completo.

Liberada del odio

A pesar de la alegría que el Mesías había traído a mi vida, todos los años, al aproximarse el Día de la Conmemoración de los Fallecidos en la Segunda Guerra Mundial, yo me derrumbaba. Mi corazón se llenaba entonces de un odio intenso por todo lo que había sucedido. ¡Cuando escuchaba a alguien hablar en alemán, todos los recuerdos volvían y yo apretaba los puños! Durante esa semana, me llenaba de ira y lloraba mucho. “Betty, tienes que aprender a perdonar a tus enemigos”, me decía mi marido. Pero ¿Cómo podría perdonarlos después de todo lo que me hicieron? De hecho, yo estaba convencida de que no tenía que perdonar. ¿Acaso no sabía el Señor cuánto yo había sufrido? Siete años pasaron. Se acercaba el Día de la Conmemoración cuando mi esposo me pidió que leyera Romanos 12: “Por lo tanto, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que se avergüence de su conducta. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.” Este texto me sacudió. Entré en mi habitación y clamé a Dios: “No puedo perdonar, ¡no puedo hacerlo! ¡Ayúdame, Señor!” Sólo cuando clamé a Dios, sentí que vino paz sobre mí.

El Día de la Conmemoración

Vivíamos en Ámsterdam. Cuando llegó el día de la Conmemoración de los fallecidos en la Segunda Guerra Mundial, fui sola a la ceremonia en la explanada de la ciudad. Cuando llegué allí, oí a un hombre hablando en alemán. Aunque normalmente me habría llenado de ira, me di cuenta de que permanecí completamente calmada. Después de los dos minutos de silencio, me acerqué a él y le dije: “Soy judía. El Señor me ha sanado del odio contra tu pueblo.” El hombre no podía creer lo que oyó, y comenzó a llorar. Me dijo: “No entiendo, ¿cómo puedes perdonar algo así?” Lo invité a mi casa, y ¡mi familia se sorprendió mucho cuando me vieron entrar con un alemán! Pude dar testimonio de un Dios viviente, que me libró de este terrible odio. El hombre era maestro en una escuela secundaria. Unos meses más tarde, nos visitó con un grupo de estudiantes de último año, y también pude darles testimonio a ellos. Sólo después de que el Señor me liberó de mi odio, pude realmente crecer en mi fe. Sólo a partir de entonces el Señor pudo realmente usarme en Su servicio.

Testigo de su Señor

Durante el tiempo en que Betty vivió en Ámsterdam, compartió el Evangelio con muchas personas. Ofreció alivio en situaciones de crisis, recogió de la calle a vagabundos y a hippies, y les dio cobijo. El amor por ellos comenzó de una manera milagrosa:

“Estaba con mi esposo de vacaciones, era de noche y muy claramente escuché que había alguien en la habitación. Me levanté y encendí la luz. En medio de la habitación se encontraba un hippie con pelo largo. “¡¿Qué estás haciendo aquí?!” Le pregunté asustada. “Entré a robar, señora.” Me respondió. Fue una situación descabellada. Comenzamos a hablar y le dije que durmiera en el sofá y que hablaríamos más por la mañana. Al día siguiente, él fue con nosotros a nuestra casa y se quedó con nosotros por un tiempo. En ese entonces, teníamos un grupo de oración y reuniones en casa, a las que él a veces asistía. Un día nos dijo: “¡También quiero pertenecer al Señor Jesús! El amor que ustedes tienen, incluso cuando regularmente me porto mal, solo puede provenir de Él.” Oramos juntos, y recibió a Jesús en su vida. Poco tiempo después, llegó a casa con una chica judía que estaba muy envuelta en drogas. Ella también llegó a creer, y ellos se casaron. Después de que el Señor les dio cuatro hijos, ella enfermó gravemente y falleció en el año 2000. En sus últimas horas, dio testimonio de su Señor. Durante su enfermedad, ella escribió poemas que han sido publicados desde entonces.

Concluyendo

Betty también escribió: “En la guerra perdí a la mayor parte de mi familia, pero a cambio, el Señor me ha dado una gran familia (de hermanos y hermanas creyentes). ¡Estoy tan agradecida del Señor por eso! Además, estoy muy agradecida de que el Señor me ha salvado de la tumba, como dice el Salmo 30: “Tú SEÑOR, me sacaste del sepulcro; me hiciste revivir de entre los muertos… Convertiste mi lamento en danza; me quitaste la ropa de luto y me vestiste de fiesta, para que te cante y te glorifique, y no me quede callado. ¡SEÑOR mi Dios, siempre te daré gracias!”. Estos versos realmente se refieren a mi vida. Él ha rescatado a mi alma del abismo de mis sentimientos de odio. Él ha convertido mi luto para que pueda alabarlo y lo alabaré para siempre. El odio es algo terrible, te come el corazón y te destruye. Cuando Dios erradicó el odio de mi vida, no solo me liberó sino también a mi familia, que sufrió mi enojo. Cuando el odio entra en tu vida, es importante saber que el Señor quiere y puede liberarte de esto. ¡Él te libera de verdad!

Finalmente, me gustaría mencionar la importancia de la oración. Cuando la guerra terminó y fui llevada lejos de la familia que me había acogido, mi madre adoptiva comenzó a orar por mí específicamente. Más tarde, fue la iglesia de Theo quien oró por mí. Yo no supe de esto hasta después de recibir al Señor Jesús en mi vida, a los 27 años. La oración tiene, por lo tanto, un lugar muy central en mi vida. Mirando hacia atrás en mi vida, me doy cuenta de que el Señor, a través de las oraciones de ellos, ¡ha puesto Sus manos protectoras sobre mí!