Nathan Scharf, “Vine a Jesús como pecador”

Nathan Scharf tenía un hambre por Dios que no conseguía satisfacer. A pesar de la prosperidad en su vida, se volvió adicto al alcohol. Al tocar fondo, se sintió tan miserable que quiso suicidarse. Entonces surgió una vieja pregunta: “¿No le darías a Él una oportunidad?” Nathan encontró la salvación cuando, en su condición de pecador, se acercó a Jesús.

Tradición judía

Fui criado en la tradición judía, y educado en la ley judía. Mi madre y yo nos amábamos mucho. Cuando yo regresaba de la escuela, a menudo le preguntaba: “Madre, ¿por qué soy diferente a los otros chicos? ¿Por qué me regañan y se ríen de mí?” Mi madre solía tomarme en sus brazos y consolarme. Ella sabía lo que significaba ser perseguida, porque provenía de los guetos de Rusia. Sus padres fueron asesinados frente a ella cuando tenía apenas trece años. Más tarde, tuvo que trabajar muy duro en una panadería, y vivió tiempos muy difíciles. Sin embargo, ella me decía que un día el Mesías vendría a redimirnos, a los judíos. Para eso vivía. Ella me decía: “Natán, cuando ya no tienes fuerzas, tienes que pedir sabiduría al Altísimo”. Yo a menudo me sentía sin fuerzas, y entonces clamaba a Dios por sabiduría, como mi madre me había enseñado.

Oraciones sin respuesta

Durante Yom Kipur, el Día de la Reconciliación, permanecíamos 24 horas en la sinagoga. Yo me sentaba con mi padre en la planta baja, y mi madre se sentaba en el balcón. A mi lado, mi padre se retorcía las manos y clamaba a Dios en voz alta por el perdón de sus pecados. En el balcón, yo oía la voz de mi madre por sobre las voces de las otras mujeres. Después del día del ayuno, mi madre le preguntaba a mi padre: “Padre, ¿te sientes mejor?” “No, Rosa”, sería su respuesta, “el mismo viejo pesar sincero sigue ahí”. Era lo mismo cada año y, finalmente, yo no quería tener nada que ver con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Después de todo, Él no escuchaba las oraciones de los que yo tanto amaba.

Hambre por Dios

Cuando tenía unos diecinueve años, conocí a Mary. Ella no era judía, sino que iba a la iglesia los domingos. Pronto comprendí que si quería estar con ella, también tendría que ir a la iglesia.
Recuerdo que cuando tenía ocho años, una vez me senté en el pavimento fuera de una iglesia. Dentro, la gente cantaba “La vieja cruz rugosa”. Había algo en esta canción que impresionó mi corazón infantil, por lo que la escuché con mi oído encostado contra la puerta. Poco después, un hombre salió, me miró y me dijo: “Para llegar a la sinagoga, camina por esta calle y luego gira a la izquierda”.
El hambre inconsciente que yo tenía por Dios no se satisfizo en ese momento, y tampoco cuando fui con María a la iglesia. Ella asistía fielmente a la Iglesia, era maestra en la clase dominical, cantaba en el coro, pero no conocía al Señor Jesús como su Salvador personal.

¿No Le darías una oportunidad?

Entonces, un joven llegó a nuestras vidas. Su nombre era Johnny. Él tenía sólo dieciséis años, pero era un cristiano nacido de nuevo. Johnny nos habló acerca de Jesús hasta casi cansarnos. A veces, me rodeaba con su brazo y me decía: “Nathan, Jesús te ama. ¿No Le darías una oportunidad?

Adicto al alcohol

Mary y yo nos casamos, empecé un negocio y Dios me dio un tiempo de prosperidad. Pero luego, llegó el día en que bebí un vaso de ginebra por primera vez. A pesar de mi amor por María y por nuestros tres hijos, este vaso me condujo a otro y, después de algún tiempo, ya no pude dejar de beber. Intenté muchas cosas para romper la adicción, pero nada ayudó. Incluso fui a hablar con nuestro rabino, quien me dijo: “Nathan, es hora de que tú también ayudes en la sinagoga. Todo el mundo necesita contribuir con su granito de arena.” Él me amaba, pero no tenía nada mejor que ofrecerme. Mi esposa odiaba mi problema de embriaguez y, en su desesperación, comenzó a orar, realmente orar, con todo su corazón. Empezó a darse cuenta de que era sólo miembro de la iglesia, pero no una cristiana verdadera. El Señor fue misericordioso con ella y, después de algún tiempo, María llegó a creer en Jesús como su Salvador personal.

Decepción y desesperación

Nunca olvidaré un folleto que leí, el cual me decía que repitiera cinco veces las frases: “piensa lo bueno”, “haz lo bueno”, “sé bueno”, “¡Soy bueno!”. Cuando leí eso, lancé el folleto a la basura. Era la mentira más grande que había leído. Yo sabía que yo seguía siendo el mismo sucio pecador que el día anterior.

Mi desesperación creció. Tenía 34 años de edad y un negocio floreciente. Sin embargo, en diciembre de 1946, me encontré solo en una habitación de hotel, con un revólver en la mano. Era como si Satanás me dijera: “María y los niños te habrán olvidado pronto, acaba contigo, aprieta el gatillo.”

Salvación

Entonces, desde lo más profundo de mi ser, vino el siguiente pensamiento: “Nathan, ya lo has intentado todo, y nada funcionó. ¿Por qué no le das una oportunidad a Jesús?”
Aconteció que el 5 de enero de 1947 entré en una iglesia. El orador de esa mañana no se veía muy bien. Era alto y flaco, y su ropa estaba desgastada, pero su rostro brillaba. Parecía ser el hombre más feliz que yo jamás había visto. Al final de su sermón, invitó a la gente a venir al frente y entregar su corazón al Señor. Fue como si me levantaran de mi banco, y corrí hacia el frente. Dije: “En el Nombre del Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Si Jesús puede hacer algo por mí, que lo haga.” Vine a Jesús como un pecador y Él me trató como un pecador. Fui redimido.

¿Quién les dirá?

Al día siguiente, me paré en la calle, frente a mi propia tienda, y detuve a las personas que pasaban, no para hacer negocios con ellas, sino para hablarles de Jesús. ¡Simplemente no podía guardarlo para mí! Los empleados de mi tienda sacudían la cabeza; uno era católico y el otro, metodista, y pensaban que yo estaba exagerando. Sin embargo, ¿quién tendría que hablarle a las personas acerca del Señor Jesús? ¿Quién, sino los redimidos hijos de Dios?